Sobre quedarse
Resistir en un mundo de modernidad líquida
Maricarmen, hay miedos que no empiezan con una misma.
Empiezan antes, mucho antes. A veces incluso antes de que exista la posibilidad de nacer.
Verás, últimamente he pensado mucho en el compromiso, en lo que significa, no solo en el romántico, sino en ese que está por todas partes: la decisión de quedarse, de sostener, de apostar por algo más grande.
Lo que pasa es que en mi casa nadie supo quedarse. Aprendí de ellos que irse era supervivencia y que quedarse era un riesgo. La primera huida fue la de mi madre, la segunda, la de mi padre, y la última, la de mi hermana.
No, espera… la última fui yo.
Cobardes.
Recuerdo las huidas porque a mi alrededor todo el mundo amenaza con irse. Hay quienes cruzan los dedos por una oportunidad en Dublín; otros planean dejar Lisboa para probar en Madrid. Escucho las críticas de mis amigos que quieren dejar la Ciudad de México porque está lleno de gringos. Y sobre los que se les metió Australia en la cabeza, ni te cuento. No estoy lista.
Nadie quiere quedarse. Pareciera que la respuesta siempre está en otro sitio.
Y no, no te digo esto a modo de reproche, Maricarmen. No hablo desde un pedestal. Yo he sido la primera en irse muchas veces. No los culpo.
Me fui de la Ciudad de México casi corriendo. Luego me fui de Madrid de manera inconsciente y, por último, el año pasado quise irme de Ámsterdam. Quise irme mucho.
Sin embargo, me quedé.
No, no me quedé por compromiso. Eso sería mentirte. Me quedé porque no tenía a dónde ir y tampoco me veía con fuerzas para averiguarlo.
Durante aquella tormenta nada se sentía como casa. Ya no era de allá, pero tampoco de aquí.
¿Y adónde vas cuando el cuerpo te pide huir y no hay un espacio seguro?
Lo descubrí más tarde.
Mientras buscaba respuesta, me dije a mí misma —y también lo dije en voz alta—: cuando me sienta más fuerte, veré adónde me voy.
El plan siempre fue huir.
Pensé en volver a México o probar Lisboa. Imaginé varias nuevas versiones de mí misma.
Y cuando me sentí mejor, hice todo lo contrario: compré una casa.
Lo que pasó, Maricarmen, es que toda mi vida pensé que era de valientes irse. Pensé que se necesitaba coraje para hacer la maleta, que lo de comprar boletos de avión sin vuelta era de atletas, y que vivir lejos de todo lo conocido era un deporte de alto riesgo. Solo para quienes se atreven.
Todo esto lo pensaba despreciando la idea de quedarse. Como si quedarse fuera de débiles.
Durante mucho tiempo critiqué, en voz baja, a quienes nunca se fueron. Me parecía increíblemente mediocre permanecer en el mismo sitio.
Ahora soy yo quien se traga sus palabras: quienes se quedaron entendieron rápido que el precio de irse, la promesa de la flexibilidad extrema, era la falta de arraigo.
Que, en el contrato de la vida, justo al lado de la palabra “libertad”, venía en letras pequeñas la falta de pertenencia. Que sí, irse abre muchas posibilidades y personas. Tantas que no sabríamos elegir, y que esos nuevos amigos quizás ahora se sienten eternos, pero la mayoría están de paso.
Fue con esa realización que entendí que lo valiente, a veces, es quedarse, incluso cuando todo grita que es hora de irse. Entendí que las raíces solo crecen cuando llueve.
Que a veces hay que tener fe que aquí es, sin ninguna prueba, y la disciplina de seguir intentando.
Verás, siempre pensé que la felicidad era ese disparo de dopamina que se siente el primer día en una ciudad nueva o con el primer beso en una cita a ciegas. Pensé que venía estampada en el boleto de avión sin vuelta o en el swipe a la derecha cuando aparece un match.
Juré que la felicidad estaba en todo aquello que prometía, pero nunca se materializaba.
No podía estar más equivocada. Lo extraordinario realmente está en lo predecible, en lo que se construye con cuidado.
Cenar con Rodrigo un lunes y saber que pedirá steak y que compartiremos las patatas. Ver a Miquel tantas veces a la semana como sea humanamente posible. Anticipar que Santi quiere vernos en Maracuyá, mientras Lucy me espera en la esquina de Coffee District, siempre después de la clase de spinning de las nueve.
La magia ahora está en esperar a Carla cada octubre y en que Dylan venga cada mañana a mi escritorio para ir a por un café.
Por primera vez en mi vida, no quiero tener otro jefe ni necesito más amigos. Me gustan el parque de mi casa y los planes del calendario. No parecen gran cosa, pero lo son todo. Y no sé cómo explicarte eso, Maricarmen: cómo lo ordinario se siente tan extraordinario cuando, por fin, aprendes a quedarte.
Sí, por primera vez en mi vida no quiero irme. Porque no quiero más.
No me malentiendas, Maricarmen. Aún tengo miedo de quedarme. A la mínima señal de incomodidad o incertidumbre, quiero irme, salir corriendo. El impulso persiste, pero ya no gana.
No gana porque también entendí que no hay que quedarse en cualquier sitio donde haya hueco: hay que elegir desde la conciencia.
Así que por eso no te había escrito, Maricarmen.
Estaba ocupada: quedándome.
Porque, al final, entendí que el compromiso no es cárcel. Es hogar.
Te escribo pronto, Maricarmen 👋🏻

Paso por acá para decirte: Gracias por escribir esto y qué valiente sos ❤️
qué valiente eres <3